Durante mucho tiempo mi actividad favorita del domingo por la tarde era no hacer ningún plan, para poder concentrarme en dedicar las últimas horas del fin de semana a la depresión presemanal. Mi propósito era preparar cuerpo y mente para sintonizar con el lunes venidero que, por definición, desde mi época preescolar, vagabundeaba entre el malhumor, el quejido y la esclavitud estudiantil. Con el mismo ánimo, empezaba la semana, que no veía enderezarse hasta completado el martes. A mi juicio, era absolutamente de dementes, salir con la sonrisa puesta, como cantaba Tequila, (siempre estuve convencida que se refería al sábado o como mucho al viernes) y, si encima se trataba del lunes, creía que la cosa era digna de convertirse en el proyecto de algún lobotomizador profesional. Los lunes molones eran los padres. No sé si ha sido efecto de la vida adulta pero, el caso es que desprevenidamente se manifiestan. Tan reales como necesarios son los lunes molones. Llegan vestidos de pri...