Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry. Con 7 años decidí que mi vida de lectora de cuentos había llegado a su fin. Las historias de príncipes, princesas, malvadas madrastras y bosques animados suponían un no rotundo. Mi obstinación, que ya apuntaba maneras, se dio de bruces con la primera novela de aventuras que mi padre me compró, tras unos cuantos chantajes por mi parte: 20.000 leguas de viaje submarino. Porque en aquel bautizo por inmersión lectora, la única que hizo aguas fui yo. Para mejorar la decepción de aquel estreno, mi padre camufló su siguiente regalo como ¿novela juvenil?: El principito. Yo miraba el librito de reojo, entre el título y tanta ilustración me sonaba a cuento y el que mi padre quería hacerme tragar a chino, además. Y así estuvimos, manteniéndonos la mirada durante bastante tiempo y guardando las distancias. Pero todo tiene un momento perfecto, y el mío acabó llegando años más tarde, marcand...