Ir al contenido principal

5. Lunes.

Durante mucho tiempo mi actividad favorita del domingo por la tarde era no hacer ningún plan, para poder concentrarme en dedicar las últimas horas del fin de semana a la depresión presemanal. Mi propósito era preparar cuerpo y mente para sintonizar con el lunes venidero que, por definición, desde mi época preescolar, vagabundeaba entre el malhumor, el quejido y la esclavitud estudiantil.

Con el mismo ánimo, empezaba la semana, que no veía enderezarse hasta completado el martes. A mi juicio, era absolutamente de dementes, salir con la sonrisa puesta, como cantaba Tequila, (siempre estuve convencida que se refería al sábado o como mucho al viernes) y, si encima se trataba del lunes, creía que la cosa era digna de convertirse en el proyecto de algún lobotomizador profesional.
Los lunes molones eran los padres.

No sé si ha sido efecto de la vida adulta pero, el caso es que desprevenidamente se manifiestan.

Tan reales como necesarios son los lunes molones.
Llegan vestidos de prisa, normalidad y quehaceres indisponibles, haciéndolos prácticamente irreconocibles.

Requieren inspiración, un extra de actitud y, sobre todo, confiar en la magia, porque es preciso creer para que el hechizo funcione.


Como becaria de ilusionista, recurro a algunos trucos guardados en la recámara de mi chistera, pero ninguno tan instantáneo y eficaz como una playlist de emergencia de buenrrollismo in crescendo. 

Subo el volumen, para que el inició de semana me encuentre bailando:



Mafalda

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

7. Me cuento cuentos.

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry.  Con 7 años decidí que mi vida de lectora de cuentos había llegado a su fin. Las historias de príncipes, princesas, malvadas madrastras y bosques animados suponían un no rotundo. Mi obstinación, que ya apuntaba maneras, se dio de bruces con la primera novela de aventuras que mi padre me compró, tras unos cuantos chantajes por mi parte: 20.000 leguas de viaje submarino.  Porque en aquel bautizo por inmersión lectora, la única que hizo aguas fui yo. Para mejorar la decepción de aquel estreno, mi padre camufló su siguiente regalo como ¿novela juvenil?: El principito. Yo miraba el librito de reojo, entre el título y tanta ilustración me sonaba a cuento y el que mi padre quería hacerme tragar a chino, además.  Y así estuvimos, manteniéndonos la mirada durante bastante tiempo y guardando las distancias. Pero todo tiene un momento perfecto, y el mío acabó llegando años más tarde, marcand...

1. Crónica de un comienzo.

Detesto las inscripciones. Desde que volver a la rutina postnavideña suponía inscribirse al gimnasio, les tengo manía.  A todas. Incluida la necesaria para mi nacimiento blogueril. Así que realizado el esfuerzo, ya no me quedaron ánimos para ocuparme del producto de mis desvelos.  Mil amnésicos meses después, de repente, en mi memoria cobra vida aquel episodio. Sin ninguna esperanza de rescatarlo acudo al portátil y no; ninguna revolución tecnológica había acabado con él. Seguía existiendo. Callado. Inmaculado como el primer día.  Paciente. Mi determinación es (casi) firme. Estoy dispuesta a corregirme y permanecer por aquí más tiempo del que me vieron por clase de remo indoor. Para la (re)bienvenida, esta hoja de ruta y manifiesto personal: ¡Hasta más ver! Mafalda

3. Rialto, 11.

Yo tenía una librería en Sevilla.  Así comienza Rialto, 11 . Presagio de un final que como en el caso de Dinesen anuncia   unas maravillosas memorias. Belén Rubiano, de una manera confiada, cálida y cercana, como si nosotros fuésemos aquellos amigos que la visitaban todas las semanas en Rialto nos invita a prepararnos café y con música de fondo, adentrarnos en este territorio de libros, libreros y librerías.  Anécdota tras anécdota, la autora peregrina entre el anhelo y la añoranza por aquello que un día soñó, existió y ya no es.  Sin poder evitarlo, relacionas tu itinerario con el suyo para reconocer, como ella misma dice, que todo lo importante acaba siempre de repente y, quedar, por fin, amigablemente en paz con los recuerdos propios. Me gusta imaginar que así, como un día fue el Rialto, 11 de Belén, es como tiene que ser el cielo.